Escúchame atentamente, porque esto te interesa.
Si alguna vez uno de tus empleados se te pone en la postura de: “voy a trabajar lo justo para que no me despidan”, estás bien jodido.
Jodido por varias cosas, pero principalmente por dos:
La primera, porque te va a costar un dineral, ya sea porque le saques menos rendimiento, o porque tengas que despedirlo.
Y la segunda, porque si tiene carisma, o los que le rodean tienen muy poco, te los va a calentar y quizá esa postura acabe adoptándola más de uno.
A ti no te lo van a decir directamente.
Si te enteras será porque algún empleado fiel te lo diga, o porque el chismoso de turno te venga con el cuento.
Pero da igual que te lo digan o no, porque cuando un empleado se pone en esa posición, se nota.
Ya te digo si se nota.
Lo que pasa es que hasta que llegas a la conclusión quizá te pongas excusas del estilo de que probablemente es que tiene un mal día.
El problema de esto es que la actitud que tomamos los empresarios ante esta situación, es que el trabajador es un cara dura, un manta, o incluso hasta un inútil.
Y lo sé, porque yo he tenido que lidiar con empleados de esos, y lo he pensado.
Y sí, es verdad que hay de todo y que alguno de los que contratamos ya vienen de casa con esa actitud.
Pero por regla general no es que nazcan con ello, sino que somos nosotros mismos quienes lo fomentamos.
Sin darnos cuenta, pero les empujamos a ello.
Unas veces es porque estamos tan a la nuestra, y asumimos que ellos son más profesionales de lo que son, que no los escuchamos.
Y no solo no los escuchamos, sino que no les hacemos absolutamente ningún caso.
Nos dedicamos a exigirles, pero sin darles nada a cambio que no sea la nómina que les pagamos.
Nómina que a nosotros siempre nos parece altísima para lo que hacen, y a ellos, generalmente, una porquería también para lo que hacen.
En otras ocasiones el problema es que no los apoyamos, no los formamos, o no les damos los recursos que necesitan.
Y en muchas ocasiones, los llevamos a esa postura del demonio, porque cometemos el error de premiar al empleado equivocado.
Y cuando hablo de premiar no me refiero a cosas como pagarle más o concederle beneficios de cualquier tipo.
Qué va.
Basta con que creamos más los argumentos de uno que de otro.
En cualquier caso, a donde quiero llegar es que, si tienes un empleado en esta postura, o sospechas que lo tienes, deja de pensar que es por culpa suya, y empieza a mirar hacia ti, porque salvo en contadas excepciones, tú serás el responsable de que actúe de esa forma.
Créeme, que sé de lo que hablo.
Y no porque cuando lo vivía en mis propias carnes fuera capaz de darme cuenta, porque mientras tenía mis propios empleados yo llegué a estar muy ciego en circunstancias de estas.
Lo sé porque cuando empecé a mentorizar empresarios y vi desde fuera lo que pasaba me di cuenta de lo mal que lo hacemos en muchos casos.
Por eso, una visión externa de vez en cuando nos viene muy bien.
A mí, a ti, y a todos.
Porque estamos tan convencidos de que lo que hacemos es lo que hay que hacer, que no nos damos cuenta de que probablemente estemos equivocados y que haya otra postura mejor.
¡Que pases un buen día!
Rafael Valero
PD – Cuando te pase, si es que te pasa, solo te queda despedirlo o conformarte, porque cambiarlo puede llegar a ser realmente complicado.