Cuando empecé a trabajar como mensajero, hace tropecientos años, Raimundo ya era uno de los antiguos en la empresa.
Y me llamó la atención porque siempre iba a tope.
Siempre corriendo a todas partes. Como si llegara tarde.
Entraba en la oficina como alma que lleva el diablo a recoger los sobres que debía repartir, y salía de ella aún más rápido.
Y si intentabas pararlo para hablar con él, te decía que estaba muy liado y que después hablaríais.
Raimundo tenía fama en la empresa de que trabajaba como un cabr**.
Sin embargo, la realidad era un pelín diferente.
La realidad es que Raimundo hacía más kilómetros que un tonto, porque la mayoría de las veces, en su ánimo de hacerlo todo más rápido, no controlaba bien lo que tenía por repartir y su vida era un zigzag constante.
Raimundo era el típico pollo sin cabeza, siempre corriendo, pero tan desorganizado y caótico que rendía la mitad que el resto.
Lo curioso es que él se consideraba un excelente profesional porque trabajaba mucho.
¿Raimundo trabajaba bien?, no. Trabajaba mucho. Punto.
¿Reconoces a alguien que actúe así?
Seguro que sí, porque anda que no hay Raimundos en el mundo.
Yo mismo he sido un Raimundo muchas veces.
Y mira, si tú trabajas más de 8 horas al día, y aun así sientes que deberías dedicarle más tiempo a tu negocio porque los números no salen, entonces tú también eres un Raimundo.
Puede que trabajes mucho, pero está claro que no trabajas bien.
Probablemente sea porque estás dedicando tu tiempo a acciones que no te dan resultado.
Ya sea porque no te hacen falta, porque no usas los recursos adecuados, o porque no las ejecutas correctamente.
Pero lo cierto es que lo que haces no funciona.
Quizá es que eliges mal las tareas que debes hacer tú y las que debe hacer tu personal.
Quizá es que no tienes una agenda en la que apuntar las cosas, o la tienes y no las apuntas.
Quizá es que haces hoy lo que deberías hacer mañana, y viceversa.
No sé.
Lo que sí está claro es que tú puedes seguir mirando a otro lado todo lo que quieras, pero hasta que no mires hacia dentro, la dinámica de tu negocio y de tu vida no cambiará.
Pero alégrate, porque al menos basta con que cambies la dirección de tu mirada.
Y para ello, para que tomes de una vez el control de tu negocio, lo primero que has de hacer es dejar de culpar a los demás de lo que te pasa.
Lo segundo es que analices qué es lo que realmente no te está funcionando.
Y lo tercero es que asumas tus errores y empieces un proceso de cambio.
En lo primero yo no te puedo ayudar, porque mientras sigas pensando que lo que tú haces está bien, y que son los demás los que son unos mantas, poco lograrás.
En lo segundo sí que puedo hacer cosas por ti.
Y lo tercero ya te vendrá después de que trabajemos y veas dónde estaba el problema.
Así que tú mismo.
Puedes seguir haciendo lo mismo y obtener lo que estás obteniendo.
O puedes seguir los consejos de los que saben.
¡Que pases un buen día!
Rafael Valero
PD – Una hora nos basta para descubrir dónde estás fallando.