Esta mañana he hecho algo que hacía muchísimo tiempo que no hacía.
He ido a hacer un ingreso a un banco.
Sí, sí, ya sé que a estas alturas eso es arcaico, y que es más fácil y rápido hacer una transferencia.
Pero qué quieres que te diga, a veces las cosas se dan como se dan.
Bueno, la cuestión es que ha sido una sensación rara.
Y no porque la cajera me haya atendido con simpatía y cariño.
Que no ha sido así ni de lejos.
Esta cajera ha debido quedarse en el ayer, porque era de un estúpido exagerado. Como si le molestase que hubiera ido con mi sucio dinero efectivo a hacer un ingreso.
En fin.
Ha sido raro porque no he tenido que esperar.
No había cola.
He entrado, he llegado hasta la caja, y directamente ya me han atendido.
No había ni un alma en la oficina.
Alucinante.
A ver, que no es que me extrañe, porque a excepción de unos cuantos abuelos, la inmensa mayoría de la gente ya opera online.
Pero no sé, aun así ha sido raro hacer todo el trámite en menos de 5 minutos.
Especialmente recordando aquellos días en los que ir al banco era un suplicio por las colas tan largas que había.
Bien.
La cosa es que esta experiencia me ha hecho recordar algo que me pasó hace unos cuantos años, y que aunque en aquel momento me sentó como una patada en el estómago, tiempo después me hizo entender algo que me ha ayudado mucho tanto con mis negocios, como con mi rol de cliente.
Verás, mi segunda empresa eran tiendas de telefonía, y en aquellos años el efectivo era el rey para pagar.
Por lo tanto, cada día tenía efectivo en mi caja.
Unos días mucho, y otros una birria.
Pero lo tenía.
¿Y qué hacía yo?
Pues ir cada día al banco a hacer el ingreso del día anterior.
¿Lo hacía porque me daba miedo que me robaran?
No.
Lo hacía porque pensaba que si ingresaba a diario en el banco, estos me iban a ver como un buen cliente y me tratarían mejor.
Cada día, a media mañana, cogía el dinerito del día anterior, y me iba al banco que tenía justo enfrente a hacer cola para ingresar el dinero.
Es verdad que ya se podía hacer ingresos por cajero, pero eso era para los modernos.
Además, no sé por qué, pero yo creía que si me veían era mejor.
Así que prefería hacer la cola y saludar al cajero.
Y así lo hice durante años, hasta que un día me dice el cajero que el subdirector quería hablar conmigo.
No te puedes imaginar la ilusión que me hizo.
El subdirector quería hablar conmigo.
Seguro que querría felicitarme por ser tan buen cliente.
O, incluso, ofrecerme algún préstamo con unas condiciones inigualables.
Ja, menudo iluso estaba yo hecho.
Cuando llego a su despacho, me saluda muy amablemente y tras decirme que me siente, me dice…
“Hemos estado comprobando los movimientos de tu cuenta, y vemos que ingresas a diario”
Yo ya pensaba que lo siguiente era un: “Felicidades por ser tan buen cliente”.
Pero no.
Lo que dijo fue: “Y nos gustaría que dejaras de hacerlo”
¿Cómo?
Yo no entendía nada.
Yo pensaba que ingresar mucho dinero a ellos les venía bien.
Y así se lo dije.
¿Sabes qué me contestó?
“Sí, que ingreses mucho dinero nos interesa, pero que lo ingreses a diario no, porque nos ocupas tiempo del personal de caja y la rentabilidad nos baja muchísimo”.
Toma ya.
¿Has aprendido la lección?
Si es que no, vuelve a leerlo y releerlo hasta que se te quede grabado a fuego en el cerebro, porque vale millones.
Y si aun así no la terminas de ver, escríbeme y te lo explico.
¡Que pases un buen día!
Rafael Valero