Las personas somos egoístas por naturaleza.
Y cuando nos convertimos en empresarios, quizá más.
Verás, te cuento la situación que estoy viviendo con el empresario que me vende la cartera de clientes.
Que ha pasado del “cierro y lo pierdo todo”, al querer más de lo que le ofrezco, y con condiciones más bestias.
Pero te lo explico, por si no te lo había contado, que ahora sinceramente no me acuerdo si había llegado a hacerlo o no.
Resulta que este empresario, por motivos que no vienen al caso, decide cerrar su empresa.
Una empresa con facturación recurrente mensual.
Y teniendo en cuenta que los servicios que ofrece son totalmente complementarios con lo que yo hago, y que podrían resultar interesantes para mis clientes, pues decido hacerle una oferta.
Porque aunque este empresario cierra y está dispuesto a irse con una mano delante y otra detrás.
Y le iba a decir a sus clientes: “cierro” y que se buscaran otro proveedor.
Así, tal cual.
Yo considero que es una “lástima” perder así un negocio.
Y no es que yo le ofrezca comprarle el negocio y pagarle un precio mucho más que decente, teniendo en cuenta la situación, porque sea un buen samaritano.
No, no es eso.
Es que, lo que es justo, es justo.
Y si me voy a beneficiar de un negocio que él ha montado y mantenido durante años, pues merece sacar algo a cambio.
Sin embargo, tras enviarle la propuesta por escrito y las condiciones de pago, a este empresario ya le parece que es poco.
No en la cantidad, que sabe bien que es justa.
Si no, y especialmente, en la forma de pago.
Es decir, que ha pasado de cerrar en unas semanas sin sacar absolutamente nada de ello, y corriendo el riesgo de quedar mal con muchos clientes, a pensar que lo que yo le doy es poco.
Lo que no tenía en cuenta este empresario, es que a mí no me hacía falta su negocio.
Y, por lo tanto, negociar conmigo no tiene sentido.
Porque sí, a mí me interesa ese negocio.
Pero me interesa porque es una pena perder esos clientes y esa facturación.
Y porque complementa lo que tengo.
Pero jamás habría intentado comprarle esa cartera de clientes si su postura no fuera la de cerrar.
Y por eso, mi respuesta a sus “exigencias” es decir: “Vale, pues entonces no lo quiero. Espero que te vaya bien con la nada que vas a tener”.
¿Entiendes la situación?
De esto ya hemos hablado en algún que otro email.
Y es que solo puedes negociar con posibilidades de éxito, si eres capaz de ver dónde está la necesidad de la otra parte.
Porque incluso en mi situación que no tengo absolutamente ninguna necesidad, y según cómo lo mires, incluso es meterme en un berenjenal que quizá ni lo he pensado bien a fondo.
Está claro que hay un interés, porque yo no voy salvando empresarios por ahí por amor al arte.
En fin, al final este empresario se ha dado cuenta que lo que yo le ofrezco es gigante en comparación con lo que obtendría si cerrara como se había planteado.
Tan gigante, que incluso me podría haber permitido ofrecerle un tercio de lo que le ofrezco, y aun así seguiría siendo un ofertón.
Y aunque solo le diera 1 euro, sería un ofertón, porque 1 euro es más que cero.
Así que, salvo unas pequeñas modificaciones en los textos del contrato, acepta las condiciones.
Y eso quiere decir que dentro de unos días tendré este nuevo negocio.
Repasa bien todo lo que te he puesto aquí, porque hay mucho de lo que aprender.
¡Que pases un buen día!
Rafael Valero
PD – Dentro de unos días te contaré de qué va todo este negocio y qué propuesta de valor tendrá, porque es bestial.