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Era mucho más feliz cuando era tonto

Por Rafael Valero

Yo no supe lo que era un mentor, hasta que hace muchos años un amigo me contó que se había gastado miles de euros en una mentoría.

¿Miles de euros?

¿Pero estamos tontos o qué?

Como mi amigo debió darse cuenta de que ponía caras raras, empezó a contarme algunas de las cosas en las que le estaba ayudando.

Pero si antes de eso ya me parecía absurdo gastarse ese dineral, ahora ya superaba el nivel máximo de ridiculez.

Y no podía evitar pensar que lo habían engañado, o que estaba tirando dinero por tirarlo.

Porque todo lo que me contaba yo ya lo había leído en libros que me habían costado apenas 20 euros. (En aquel momento YouTube no sería ni un proyecto)

Y si me lo hubiera dicho, se los habría prestado gratis.

De verdad que por mucho que me explicara, yo no le veía ningún sentido.

Y así seguí hasta que las circunstancias de la vida me llevaron a tener que contratar a uno.

Y digo tener, no porque me obligaran, sino porque mi empresa estaba haciendo aguas a lo bestia, y antes de cerrar tenía que gastar todos los cartuchos.

Y el único cartucho que me quedaba a esas alturas ya solo era ese.

Además, a mi amigo, sin ser especialmente listo, la empresa le estaba yendo muy bien.

Y quién me decía a mí que quizá no fuera gracias al mentor ese, ¿no?

Bien, no te haces una idea de lo que me costó hacer aquel primer ingreso.

Y no solo porque tuve que pedir el dinero prestado, que ya me fue difícil encontrar quien me lo quisiera dejar.

Si no porque la cantidad era enorme para mi situación y para lo que me iba a dar a cambio de ese pago: 1 llamada telefónica de 1 hora cada 2 semanas.

Solo de pensarlo se me revolvía el estómago.

¿Te puedes creer que en aquella primera llamada ese hombre no me dio ni tácticas secretas, ni sistemas definitivos, ni tampoco herramientas prodigiosas?

¿Es que no le había quedado claro que mi situación era crítica y que si no me daba la solución mágica tendría que cerrar el negocio?

La verdad es que tardé unas cuantas llamadas en darme cuenta de lo que pasaba.

Y es que, cuando contratas un curso o una formación, lo que pagas es que te enseñen a hacer algo.

Pero cuando pagas a un buen mentor, no pagas para aprender nada.

Es decir, tú haces la transferencia de 1000€, 2000€, 5000€, 10000€, o lo que sea, y olvídate de que te lluevan trucos, técnicas o soluciones maravillosas.

Porque no es eso por lo que estás pagando.

Lo que pagas cuando contratas a un mentor, es que alguien te analice a ti y a tu empresa.

Y que después de ver cómo funcionas y detectar qué es lo que te frena o te mantiene bloqueado, te diga qué piezas debes cambiar para que lo superes y pases al siguiente nivel.

Porque las piezas te las cambias tú.

El mentor solo te ayuda a entender cuáles son las que has de cambiar y qué y por qué poner en su lugar.

Bien, cuando tuve que pagar la siguiente factura, la verdad es que me costó bastante porque seguía sin dinero.

Pero te voy a decir por qué volví a pedirlo prestado.

Básicamente, porque aunque en realidad no me había enseñado nada y lo único que hacía era hacerme preguntas y pedirme cosas de la empresa, sí que me estaba dando algo que yo, hasta ese momento, ni siquiera había echado en falta.

Me entendía.

Era sorprendente, pero le hablara de lo que le hablara, me entendía.

Mi mujer no me entendía.

Mis amigos no me entendían.

Nadie me entendía.

Pero aquel mentor sí que lo hacía.

Daba igual que le hablara de ventas, de empleados, de dinero, de cómo era mi vida desde que era empresario, de…

Me entendía y me daba explicaciones lógicas.

Y aquello suponía un desahogo para mí, como no había encontrado, ni en libros, ni en cursos, ni en los cientos de horas que había hablado con los que compartían mi vida.

Pero donde de verdad se me hizo la luz fue en lo que supe ver con todo lo que me explicaba, y que hasta ese momento yo no había sido capaz de ver nunca por mí mismo.

Y fue tan así, que llegué a decirle que cuando era tonto era mucho más feliz.

Porque mientras no sabía lo que no sabía, al menos tenía una excusa para explicar por qué me iban mal las cosas.

Pero una vez que lo visualicé, ya solo me quedaba un camino y trabajarlo.

Sin que él me lo enseñara directamente, aprendí sobre precios de venta, márgenes, gestión de empleados, finanzas, estrategias, planificación…

Recuperé la empresa que tenía prácticamente perdida y la vendí por mucho dinero al cabo de un tiempo.

Y mi vida cambió.

No te diré que trabajé menos horas, porque no fue así.

Pero fue más por mi ambición, que con no poder permitírmelo.

Después de aquel mentor, que guardo en mi memoria con muchísimo cariño, vinieron otros.

Y de todos saqué oro.

Invertí mucho dinero, pero mereció la pena.

Y lo único que cambiaría, es que en lugar de haber esperado a que mi empresa estuviera en una situación tan crítica para contratarlo, haberlo hecho muchísimo antes.

Ya sé que esto parece un email de venta descarado para que me contrates como mentor.

Y sí, pero no.

Porque después de más de 7 años trabajando como mentor y ayudando a decenas y decenas de empresarios, he descubierto que una mentoría no es para todos.

O al menos no en cualquier momento.

Si no estás preparado para tener un mentor, por mucho que te explique o te quiera ayudar, no le vas a sacar partido.

Ahora bien, si lo estás, te aseguro que hay un antes y un después.

Quizá no logres facturar el doble de lo que facturabas.

Quizá no consigas trabajar menos horas.

Quizá… lo que sea que te gustaría conseguir.

Pero lo que sí lograrás es una manera muy distinta de ver tu empresa y tu vida como empresario.

Y si sigues los consejos, la palabra mejorar se quedará corta.

¡Que pases un buen día!
Rafael Valero

PD – Sé que contratarme no es una decisión que puedas tomar a la ligera, y menos teniendo en cuenta la inversión que tendrías que hacer. Pero te recuerdo que ya solo voy a trabajar con un empresario más y que después cerraré la opción de mentorías, y mi idea es no volver a abrirla nunca. Pero si lo hiciera, sería por un precio bastante más alto que el que tengo ahora.

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