¿No te parece agotador atender a tus empleados todo el rato?
Yo recuerdo que viví así durante mucho tiempo.
Para cuando llegaba a la oficina, ya tenía varios mensajes.
Y cuando entraba por la puerta, ya había trabajadores esperándome para contarme cosas.
Pero, sobre todo, para preguntarme.
A veces era tan exagerado, que tenía cola en la puerta de mi despacho.
Al principio me molestaba, porque se suponía que los había contratado para que hicieran el trabajo por ellos mismos.
Después me sentía importante, porque me creía necesario y sin mí no sabían trabajar.
Pero llegó un momento en que se hizo insoportable.
Todo aterrizaba en mi escritorio, o en la puerta de mi despacho.
Temas grandes y serios, asuntos del día a día, e incluso nimiedades absurdas.
Pero de lo que no me daba cuenta, es de que ese monstruo lo había creado yo.
Y con cada respuesta que les daba, lo alimentaba y crecía.
Y cuanto más crecía, más a disgusto estaba.
Porque eso se traducía en una enorme disminución de mi productividad, y en una constante sensación de agobio.
Pero un día en el que estaba especialmente estresado, decidí que tenía que pararlo fuera como fuera.
Porque, o lo paraba, o reventaba.
Y la solución que implanté fue tan simple como efectiva.
Y no, no fue despedirlos.
Aunque ganas no me faltaban.
Fue algo mucho más sencillo que no solo alivió mi carga de trabajo como no te imaginas.
Si no que, además, trajo otros beneficios que no me esperaba.
A partir de entonces, mis empleados empezaron a tomar decisiones por sí mismos, a encontrar soluciones sin necesidad de acudir a mí constantemente, y, en definitiva, a ser mucho más autónomos.
Pero, de paso, mejoraron su autoestima y comenzaron a proponer ideas.
Ideas que mostraban talentos y habilidades que no sabía que tuvieran.
No desde el primer día, ¿qué más hubiera querido yo?, pero sí paulatinamente.
Y todo por una simple pregunta.
Una pregunta que hacía que se sintieran más parte del proceso decisorio, y mejorara la moral, la satisfacción y el ambiente laboral.
Ya no se sentían como simples ejecutores de tareas, sino miembros activos que contribuían al éxito general de la empresa.
Lo cual, a su vez, se tradujo en un ambiente laboral más positivo y en un equipo más cohesionado.
¿Quieres saber cuál es esa pregunta?
Esta… ¿Y tú cómo lo harías?
Es decir, que cada vez que un empleado me venía con una consulta de cualquier tipo, yo, en lugar de darles la respuesta, les preguntaba: ¿y tú cómo lo harías?
Y los alentaba a que lo solucionaran ellos mismos.
Al principio la hacía con mucho miedo porque me arriesgaba a que hicieran barbaridades.
Pero con el tiempo resultó ser una de las decisiones más acertadas que he tomado como empresario.
Simple, ¿verdad?
Pues sí, pero es que, muchas veces, dirigir una empresa no es complicado.
Solo lo complicamos nosotros.
Algo que trabajo a fondo con mis clientes de mentoría para simplificar la gestión, mejorar la productividad y que todo y todos funcionen como un reloj para que la empresa sea más rentable y el empresario pueda liberarse.
Y si tú quieres conseguirlo, solo tienes que tomar la decisión.
¡Que pases un buen día!
Rafael Valero
PD – Creerte el centro del universo, solo te estresará.