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Cómo ser productivo cuando te levantas a por un café

Por Rafael Valero

Hubo un tiempo en que yo tomaba de 3 a 4 cafés al día entre horas.

Y más allá de lo perjudicial que pudiera ser para mi salud tomar tanto líquido negro, el problema estaba en el tiempo que me llevaba hacerlo.

Porque verás.

Por aquel entonces, mis oficinas eran bastante grandes, y cada vez que quería un café, tenía que salir de mi despacho, atravesar toda el área administrativa, el call center y parte del área técnica hasta que llegaba a la cocina.

Y eso, entre unas cosas y otras, y dependiendo de si en mi camino me paraba algún empleado o no, pues me llevaba de 10 a 20 minutos.

3 o 4 veces al día.

Y aunque desde cierto punto de vista me venía bien porque me despejaba y de paso hacía ejercicio, la verdad es que era un suplicio tanta pérdida de tiempo.

Entre 40 y 80 minutos al día perdidos.

Y lo peor no era solo el tiempo que tardaba entre ir y volver.

También lo eran las cosas que no hacía mientras iba y volvía.

Así que decidí que tenía que solucionarlo de alguna manera.

Y lo primero que se me ocurrió fue poner una cafetera en mi despacho.

Pero claro, esto tenía un par de problemas.

El primero, que para que quedara “bonito” y disimulado, tenía que gastarme una pasta en un mueble.

El segundo, que quieras que no, una cafetera huele, y yo mantenía muchas reuniones importantes en mi despacho, y no tenía intención de que aquello oliera a cocina.

Y el tercero, y quizá lo que más me frenaba, es que si lo hacía, como ya no tenía que salir del despacho para nada, perdería todo contacto con mi personal.

Pero un día en que debía de estar inspirado, se me ocurrió una solución que aun a día de hoy la mantengo, y que creo que jamás dejaré de hacerlo.

Consistía en aprovechar que salía de mi despacho para “hacer” algo más que no fuera solo ir a hacerme un café.

Es decir, aprovechar el camino de ida y vuelta para más cosas que solo caminar.

Así que me hice una lista de posibles cosas que pudiera hacer, y lo puse a prueba.

Hacía cosas como fijarme en si las papeleras estaban llenas o vacías, o si la empresa de limpieza había limpiado bien los baños.

Pararme con algún empleado (cada vez uno distinto) para preguntarle cómo estaba y si necesitaba algo.

O ir mirando qué empleados tenían más o menos papeles sobre las mesas, o cómo estaba la temperatura del aire acondicionado.

La tarea daba igual, la cuestión era hacer cosas que, aunque fueran menores, también había que hacerlas.

Porque la excelencia está en los detalles, no lo olvides.

Y chicos, qué queréis que os diga. Fue un antes y un después.

A partir de entonces ya no tenía la sensación de perder el tiempo cada vez que me iba a por un café.

La mayoría de las cosas que hacía, como te he dicho, eran pequeñas y sin importancia, pero ese cambio hizo que pasara de sentir que perdía el tiempo, a sentir que estaba siendo productivo.

Y he de decirte que, además, muchos pequeños detalles que por regla general no se hubieran arreglado nunca, porque no era consciente, los acabé mejorando.

Y esas mejoras hicieron que el personal estuviera más contento.

O sea, que no solo mejoré yo, sino que también mejoré la vida de mis empleados.

Todo un éxito.

En fin, la conclusión de todo esto es que ser productivo es más una cuestión de actitud que de ninguna otra cosa.

Y si te enfocas en serlo, acabarás siéndolo.

¡Que pases un buen día!
Rafael Valero

PD – No hay nada más agradable cuando diriges una empresa, que tener la sensación de que todo está organizado.

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