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Cómo convertir tu empresa en un zombi

Por Rafael Valero

Un zombi es un muerto que camina.

Está muerto, pero camina.

No sabemos cómo, pero lo hace.

Pues bien, esto que es peliculero total, porque ni yo ni nadie ha visto jamás uno, en el caso de las empresas no es tan del cine.

Porque negocios cuyos ingresos no son suficientes para cubrir los gastos, y que aun así permanecen abiertos, hay muchos más de los que te imaginas.

En unos casos el empresario lo sabe, pero sigue adelante, vete tú a saber por qué.

Y en otros no lo ve ni aunque se lo demuestren.

Bueno, sí que lo ve, pero no lo acepta.

Y ojo, no confundas una empresa en pérdidas, con una empresa zombi.

Porque son muy diferentes.

En el caso de la empresa en pérdidas, lo es seguramente por una circunstancia puntual, que puede ser más o menos larga, pero en la que el empresario es consciente total y todo lo que hace va dirigido a solucionarlo.

Sin embargo, en la empresa zombi, el empresario no hace nada por solucionarlo, más allá de cargarse de préstamos que en lugar de ayudarle lo hunden más.

Y no es que no le gustaría solucionarlo, pero es que ni sabe cuál es el problema, ni por supuesto, sabe cómo arreglarlo y continúa adelante esperando que se obre un milagro.

¿Y cómo se llega hasta esta situación?

Pues hay muchas razones, pero yo te voy a exponer las más habituales, y en las que, además, suelen coincidir todos.

Todo empieza cuando el empresario inicia el negocio sin tener demasiada idea de finanzas, ni de ventas.

Sabe mucho de lo suyo, y por ello cree que le van a ir las cosas bien.

Y como lo cree, pues no se preocupa de aprender estas cosas tan necesarias para tener un mínimo de posibilidades de éxito.

Y a esto súmale que para captar clientes vende barato porque cree firmemente que no es justo que los clientes deban pagar caro para obtener algo que ellos pueden dar a mejor precio.

Además, ni mide, ni cree que lo necesite.

Se basa en la cuenta de la abuela… “He vendido 10, he pagado 8, así que he ganado 2”.

Toma ya.

Y se queda tan pancho.

Bien, como vende barato y conoce gente, pues empieza a tener clientes.

Y llega un momento en que ya no puede atenderlos él solo, así que contrata un empleado.

Y aquí es donde verdaderamente empiezan los problemas.

Y no porque gestionar personas sea complicado, que sí.

Es, generalmente, porque cuando creó la estructura de precios, la basó en los costes que él tenía como único empleado del negocio.

Pero al sumarle los costes del empleado, más todo lo que conlleva que el empleado no va a trabajar nunca con la misma predisposición que el dueño del negocio, pues empiezan las pérdidas.

¿Y cómo lo soluciona?

Vendiendo más, y más barato.

Pero claro, esto, más que una solución es un desastre, porque a más ventas más pérdidas.

Y, para colmo, como vende más barato, capta más clientes.

De los malos, pero más.

Y eso le obliga a contratar más empleados.

Y así podemos seguir un rato, hasta el día en que no tiene dinero suficiente para pagar las nóminas o los proveedores.

Y su postura, en lugar de pararse a mirar a qué se puede deber, es la de irse al banco a pedir un préstamo o una póliza de crédito.

Y si hasta ahora todo era malo, a partir de ese momento ya no hay vuelta atrás.

Porque como conseguir el dinero le ha resultado tan fácil, pues sigue adelante.

Pero ese dinero se acaba rápido, porque entre que a más ventas, más pérdidas, y que tener el dinero en el banco le hace creer que gana, pues hace compras que no necesita.

Y cuando se le acaba, ¿qué hace?

Pues volverse al banco a que le amplíen la póliza o le den otro préstamo.

Pero eso sí, echándole la culpa de todos sus males a los empleados, a los competidores que tiran los precios, y a los clientes poco fieles o que no les pagan.

A cualquiera, menos a ellos mismos.

Si los bancos tuvieran buenas intenciones, no se lo concederían.

Pero como también son negocios, pues se lo dan.

Aunque claro, obligándole a avalar con todo lo que tengan: su casa, la de los suegros, o con lo que sea que le puedan quitar.

Y saben que se la van a quitar.

A partir de aquí ya no es un problema de que el empresario no vea la situación.

Ahora es que ya no puede dejarlo, porque parar es dejar de tener ingresos.

Y dejar de tener ingresos es perder la casa y dejar a la familia sin techo.

Así que continúan adelante confiando en que en cualquier momento se hundirán todos sus competidores y los clientes no tendrán más remedio que contratarlos a ellos, o que les entrará un cliente de los gordos que los salvará.

Algo realmente difícil que pase.

Vale, ahora ya sabes lo que es una empresa zombi y cómo se llega hasta ese punto.

Y es duro, créeme.

Lo he vivido en mis propias carnes 2 veces.

La primera por inconsciente, y la segunda por tonto.

Y también lo he vivido con algunos de mis clientes, y actualmente estoy en el proceso con uno.

Y yo espero que ni estés en esta situación, ni que tengas que vivirla nunca.

Pero si lo estuvieras, o te llegara, que sepas que en algunas ocasiones tiene arreglo.

No es rápido ni fácil, pero tomando decisiones difíciles y cambiando unas cuantas cosas, quizá sí se pueda solucionar.

Mentoría para revivir.

¡Que pases un buen día!
Rafael Valero

PD – Conozco el caso de una empresa, que además de la póliza de crédito, tiene otros 4 préstamos más.

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