Imagina lo siguiente.
Un día, al pasar por delante del jardín de tu vecino, te fijas en lo bonito que lo tiene, y en lo orgulloso que se le ve regándolo.
Es tan bonito y frondoso, que todo el mundo en el vecindario habla de ese jardín.
A ti en realidad no te molesta, pero de alguna manera te hace sentir rabioso, porque el tuyo no es tan llamativo.
Así que un día te levantas creativo y decides que vas a hacer de tu jardín el orgullo del barrio.
Y lo que se te ha ocurrido es plantar bambú.
No por nada en especial, pero has visto imágenes por ahí, y crees que quedaría genial en tu parcelita.
Además, al ser tan alto taparía un poco el jardín de tu vecino.
En ese momento no te acuerdas de que de jardinería sabes lo justo, por no decir nada.
Y solo piensas que no puede ser tan difícil.
Además, tienes dos macetas de geranios y están fantásticos.
De todas formas, cuando vas a comprar las semillas, le preguntas al tendero si requiere de algún cuidado especial.
No vaya a ser que sea muy complicado y tengas que decantarte por plantar limoneros.
Pero este te responde que basta con que las riegues un par de veces a la semana, y que tengas paciencia.
Así que, como es tan fácil como te imaginabas, te vas más contento que unas castañuelas, y plantas las semillas en el mejor lugar del jardín.
Estás tan eufórico, que reúnes a tus vecinos y amigos en tu casa para contarles que vas a plantar el mejor jardín que han visto en el barrio.
Qué digo en el barrio. ¡En la ciudad!
Sin embargo, la cosa no va tan rápido como tú esperabas.
Al cabo de un mes aún no ha pasado nada.
Pasa un año, y ni siquiera hay un pequeño brote.
Nada.
Tú sigues regando porque el de la tienda te dijo que fueras paciente, pero no estás muy confiado.
A los dos años ya empiezas a sospechar que el problema es tu poca habilidad como jardinero.
Pero aun así sigues regando.
Con vergüenza, pero riegas.
A los cinco años ya estás seguro de que el problema era que las semillas estarían caducadas, porque no es normal.
O eso, o que realmente eres un jardinero muy inútil.
Pero sigues regando.
Aunque ahora ya lo haces de noche para que no te vea nadie.
A los seis años solo puedes pensar en lo mal que has quedado con tus amigos y vecinos, y en la envidia que te dan las plantas de los demás.
Estás rabioso.
Pero llega el séptimo año y… sorpresa, algo empieza a asomar.
Un pequeño tallo de bambú comienza a emerger de la tierra.
Pero no solo eso.
Es que, en tan solo seis semanas, crece dos metros, superando incluso a la mejor planta del vecino.
Moraleja: las cosas importantes en la vida y en los negocios llevan tiempo, pero cuando empiezan a suceder, los resultados son exponenciales.
Cuando empezamos algún proyecto, aunque sabemos que llevará tiempo, estamos ansiosos por culminarlo.
Pero hay que tener paciencia y ser persistentes.
Sobre todo ser persistentes.
Y eso es justo, lo que diferencia a los amateurs de los profesionales.
Los profesionales riegan sus sueños incluso cuando no ven resultados inmediatos, mientras que los amateurs se distraen con urgencias y opiniones ajenas.
Así que, si no ves resultados en tu empresa, no te agobies y persiste.
Porque por mucha prisa que tengas, lo que quieres no va a llegar de inmediato, por mucho que en las redes sociales haya gente por todos lados alardeando del enorme éxito que han tenido en demasiado poco tiempo.
¡Que pases un buen día!
Rafael Valero
PD – Reflexiona