Yo tengo una peculiar manera de demostrar que algo me molesta.
Me callo.
Pero me callo al extremo.
Es decir, que si yo de por sí no soy muy hablador, cuando alguien muy cercano hace o dice algo que me molesta, en vez de hacérselo saber, hago voto de silencio.
A ver, no es que deje de hablar, porque sí mantengo una relación verbal, pero se nota que es bastante ajustada y llena de monosílabos.
Bueno, se nota, es lo que pienso yo, porque al menos mi pareja no se da cuenta hasta que llevo así unas horas.
Aunque ha llegado a tardar en notarlo días.
A veces pienso que sí que se da cuenta, pero que me pone a prueba, porque después de 25 años yo creo que ya me debe de haber cogido la medida, ¿no?
Vale, sé que es una niñatada y que con mis más de 50 años ya debería ser más maduro.
Pero es que no sé.
Lo he intentado, pero no me sale quejarme en el momento.
Me resulta más “cómodo” esperar a que el otro se dé cuenta de que ha metido la pata.
¿Será que me gusta ir de víctima por la vida?
No lo sé.
Lo que sí sé es que cuanto más tardan en darse cuenta, más me enfurruño.
Y más, si me preguntan: “¿Te pasa algo?”
¿Cómo que si me pasa algo? ¿Es que no es evidente?
La cuestión es que mi fea manía hace que en lugar de tardar media hora en solucionar cualquier tontería, a veces me lleve días.
Venga, vale.
¿Y por qué te cuento esto?
Pues porque hace unos días vi cómo un conocido mío actuaba de igual forma con sus empleados.
Y no te voy a engañar, yo también caí en esto en mis principios, porque pasaba tantas horas con mis pocos empleados, que ya los veía casi como de la familia.
Pero con ellos no funciona.
Tampoco funciona con mi pareja, pero no es lo mismo.
Porque si mi pareja se molesta por mi actitud, lo más que puede pasar es que me grite, o que le eche más sal a la comida.
Pero no me cuesta dinero.
Sin embargo, en la empresa no se puede actuar igual.
No puedes pretender que los empleados vengan detrás de ti preguntándote que qué te pasa.
Primero, porque es un entorno profesional, y como tal hay que actuar.
Segundo, porque si no vienen a preguntarte, mientras se te pasa o no, quizá dejen de hacer alguna tarea importante y te cueste dinero.
Y tercero, y no menos importante, porque a lo mejor la frustración, porque no se hayan dado cuenta, o porque te hayan ignorado, hace que tu postura sea demasiado agresiva.
Y un líder agresivo no lidera. Créeme.
De todo esto, con lo que te tienes que quedar es con que tus empleados no te leen la mente.
Ni te la leen, ni tienen por qué leértela.
Eres tú el que ha de encargarse de transmitirles de una manera muy clara lo que sea que quieras que hagan.
Ya sé que a veces no es fácil, y que otras vas tan disparado por la vida que se te olvida.
Pero no des por sentado que saben lo que quieres, porque si no lo hacen, jamás podrás recriminarlo.
¡Que pases un buen día!
Rafael Valero
PD – No molestarse por nada también es una opción.
PD2 – Para otras cuestiones, aquí.