No te desvelo ningún secreto si te digo que mantener una buena comunicación con tus empleados es fundamental.
Con tus empleados, y con el mundo en general.
Pero como esto va de mejorar tu vida como empresario, pues en ellos me centro.
Está claro que no a todos se les da bien comunicarse con los demás.
Yo, y seguro que tú también, he visto de todo.
Desde el típico empresario o jefe que va tan de duro que resulta imbécil.
Pasando por el blando que lo ningunea hasta el becario.
Y hasta el que quiere ir de colega y trata a los empleados como amigos.
Y es que no es fácil.
Y menos, si tenemos en cuenta que según cómo interactúes con ellos, vas a lograr que quieran hacer lo que tienen que hacer.
Porque de eso se trata, de que quieran hacer lo que tienen que hacer.
Y aquello de: “haces lo que te digo y te callas” ya es solo un recuerdo que aunque a muchos les encantaría que volviera, dudo mucho que lo haga.
En fin, esta es otra de las tantas cosas que nadie nos contó cuando nos convertimos en empresarios.
Pero como todo lo demás, se puede entrenar.
Y para ello, antes hay que diferenciar entre los dos tipos de comunicación principales que mantienes con ellos: La fortuita y la preparada
La fortuita es esa que se te aparece de repente sin que la esperes ni te la hayas preparado.
Y que esta sea buena o mala, dependerá mucho de tu carácter, del momento en que te pille, de lo bien o mal que te caiga el otro, y de unas cuantas cosas más.
Y, por lo tanto, sin conocerte, poco puedo ayudarte con ella, más que diciéndote que seas educado y que no se te olviden tus objetivos.
Sin embargo, para la otra, para la preparada, sí que puedo darte 3 consejos que seguro que te ayudan a que sea más fluida y que cuando se vaya, lo haga con buen sabor de boca, y pensando, incluso, que eres el mejor jefe que podría encontrar.
El primero es justamente que te prepares la conversación.
Es decir, que independientemente de que sea él quien pide hablar contigo, como que seas tú quien lo promueva, te pares unos minutos a pensar sobre qué vais a hablar.
Para ello, basta con que te hagas una pequeña lista de los puntos que te interese tratar, y ya está.
Y solo con eso ya adquirirás confianza y seguridad, y te preparará para que el intercambio de palabras sea más interesante y significativo.
El segundo es que introduzcas preguntas profundas.
Esto es un poco más complicado de hacer y requiere un pelín de entrenamiento, pero es bestial lo que puedes conseguir.
Y consiste en cambiar la manera en que haces las preguntas.
O sea, que en lugar de preguntarle, por ejemplo, “¿Dónde has trabajado antes?”, le preguntes “¿Cuál de todos tus trabajos es el favorito?”.
O en lugar de preguntar “¿Dónde vives?”, le preguntes “¿Qué es lo que más te gusta de la zona en la que vives?”.
Sé que quizá te parezca “raro”, pero créeme que el cambio a mejor es abismal.
Básicamente, porque de una manera, y en relación, por ejemplo, a ¿dónde vives?, podría responderte simplemente: “Torrelodones”, pero de la otra forma le estás invitando a hablar y compartir cosas que te facilitarán conocerle.
Y ya sabes lo que le gusta a la gente hablar de sí mismos.
Y no veas esto como una pérdida de tiempo, porque a ti te interesa, y mucho, conocer lo mejor posible a los que trabajan para ti, y eso solo lo puedes conseguir si los escuchas.
El tercer consejo es que hagas preguntas de seguimiento
Este tiene que ver con el anterior, pero es más fácil de hacer, y consiste simplemente en que le hagas preguntas relacionadas con las profundas, que demuestren que estás escuchando y que te interesa lo que dice.
Y esto será lo que termine de construir esa fuerte conexión que a todos nos gustaría tener con nuestros empleados.
Y ya está.
Con estos tres consejos no solo mejorarás tu comunicación con tus equipos, sino que, además, puede que incluso acabes convirtiéndote en un supercomunicador capaz de conectar con casi cualquier persona, incluso en las peores circunstancias.
¡Que pases un buen día!
Rafael Valero
PD – No te olvides de mirarles a los ojos cuando te hablen.